Su juventud y precocidad artística es una de las bazas que muestra en sus obras y de las que aún intentará sacar partido durante mucho tiempo. Amelia Palacios tiene en su obra artística ese descaro del recién llegado, sin miedos, sin comparaciones, con la única confianza en la inspiración propia y una sensibilidad de la que está acompañada durante toda su vida en el entorno familiar. Amparada en el mundo del arte por su desarrollo de los estudios de arquitectura, gran parte de su obra juega con tectonismo, con la importancia de la espacialidad en la escena, y un hondo sentido constructivo y armónico.  Si echamos un vistazo a sus camelias, estas se alejan ligeramente de esos factores, decantándose por una honda libertad de pincelada. Una consecución expresionista basada en la libertad del trazo y como éste puede mostrar la subjetividad del artista. Sus obras respiran mediante el trazo enérgico mucha de la personalidad de la artista. El gesto vivo, el trazo abierto, el color adjetivando cada uno de ellos. Una armonía de espacios, formas y colores que se convierten en flores, soñando con llevarnos a un jardín de melancolías.

 

Desde esos jardines Amelia Palacios dispone sus flores en una especie de juego para que veamos su diversidad. Algunas son más precisas, otras, alborotadas, van perdiendo parte de su figura mezclándose sus colores con el aire, a través de unas tintas que se esparcen por la superficie de la obra conformando una atmósfera global, perfectamente adecuada para generar en el espectador una sensación de evasión. Ningún elemento reconocible, todo se mueve alrededor de la flor y de su personalidad. Cuando la camelia se singulariza ésta se muestra pletórica, confiada en su presencia, en ella se concentran todos los colores que en otras composiciones, en las que juntaban más de un ejemplar, se iban perdiendo a lo largo de la obra. Y dentro de sus colores explota el empleo de los carmines, un color que le concede a su obra un destello de color, una impronta cromática que llena de sensualidad sus flores, convirtiéndolas en muchos casos en una especie de torbellino que nos envuelve de un modo violento para que nos adentremos en esos jardines. Al revés que Alicia en el País de las Maravillas, Amelia Palacios va a ser quien desde fuera nos integre en su obra. Esos colores actuarán de detonante de una realidad, es posible que esta sea soñada, pero lo que sí es cierto es como la artista sabe lo que tiene que hacer para que el espectador no se muestre ausente ante su trabajo, para detenerlo ante la obra y que este se vea arrastrado por un tornado en el que caemos al poco de encontrarnos frente a sus obras.

 

Juventud que se evidencia cada vez más madura, cada vez más dispuesta a afrontar nuevos desafíos. Amelia Palacios, está en pleno desafío, en plena lucha por su carrera.

 

RAMÓN ROZAS


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